🜂 CAPÍTULO VI
El Regreso del Eco
Cuando abrió los ojos, Lía no estaba en la esfera de luz.
Estaba de pie sobre la arena húmeda de un claro conocido, pero distinto.
El bosque que bordeaba la llanura parecía respirar.
Los árboles no solo tenían sombra, sino eco; cada hoja susurraba melodías que resonaban con su corazón.
Kael estaba a su lado, todavía envuelto en un aura de calma.
—¿Hemos regresado? —preguntó Lía.
—Sí —respondió Kael—. Pero ya nada será como antes.
El suelo bajo sus pies vibraba levemente, y cada sonido que emitían generaba ondas visibles en el aire, como si la realidad hubiera adquirido memoria.
Los ecos del Umbral los seguían: no eran sombras ni fantasmas, sino presencias suaves que los reconocían.
Al avanzar por el claro, Lía vio fragmentos del pasado que se materializaban y luego desaparecían.
Una mujer que nunca conoció sonreía desde un árbol.
Un niño lanzaba piedras al río, pero las piedras quedaban suspendidas en el aire, brillando con una luz cálida.
Cada fragmento parecía un recordatorio: el Umbral no se marchaba. Se manifestaba.
—Mira —dijo Kael, señalando—. La Cuna del Eco también está aquí.
En un rincón del claro, fragmentos flotaban como luciérnagas.
Se movían al compás de sus emociones, elevándose o descendiendo según la intensidad de cada pensamiento.
Lía extendió la mano y un fragmento se posó sobre su palma.
Era tibio, vibrante, y contenía una melodía que nunca había oído, pero que le resultaba extrañamente familiar.
—Estos ecos… —susurró—, ¿son recuerdos que nunca viví?
—No —respondió Kael—. Son posibilidades que has recordado. Son lo que aún puedes ser.
En el horizonte, la luz del Umbral todavía brillaba débilmente.
No era un lugar, sino un hilo que conectaba su mundo con todo lo que habían vivido.
Cada respiración de Lía generaba ondas que llegaban a los confines de la llanura, haciendo que cada hoja, cada roca, cada fragmento resonara.
—Debemos aprender a escuchar —dijo Kael—. Y a dejar que nos escuchen.
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Mientras caminaban, Nara apareció delante de ellos, dibujando espirales abiertas en la arena con sus dedos.
—No hay retorno —dijo suavemente—. Solo continuación.
—¿Pero el Umbral se ha ido? —preguntó Lía.
—No —respondió Nara—. Siempre está, en todo lo que decides recordar y en todo lo que eliges soltar.
El viento trajo consigo un sonido: un coro de ecos lejanos que recordaban a voces de infancia, promesas no cumplidas y canciones olvidadas.
Lía cerró los ojos y dejó que el sonido la atravesara.
Al abrirlos, el mundo no había cambiado, pero ella sí.
Vió que los árboles cantaban, que la arena brillaba, que cada instante contenía infinitas posibilidades.
—Estamos en casa —dijo Kael—.
—Sí —susurró Lía—. Pero esta casa no es un lugar. Es lo que dejamos vivir dentro de nosotros.
Se tomaron de las manos y caminaron hacia el bosque, dejando que los fragmentos siguieran su danza.
Cada paso resonaba, no como un eco vacío, sino como una melodía que comenzaba a crecer, a convertirse en canción.
El Umbral no había terminado.
No se había ido.
Solo esperaba que ellos lo recordaran en cada gesto, en cada decisión, en cada latido del corazón.
Y sobre la tierra, escrita en luz invisible pero sentida con claridad, Lía leyó la frase que ahora entendía completamente:
"El eco no vuelve para atraparte. Vuelve para enseñarte a escucharte."


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