🜂 CAPÍTULO IV
La Ciudad de los Ecos
Cruzaron el puente de luz.
No había horizonte, solo un resplandor que los envolvía hasta hacerlos parte de él.
Por un instante, Lía sintió que flotaba entre miles de voces, risas, susurros y cantos.
Cada sonido era una palabra olvidada, una emoción que alguna vez había pronunciado y que ahora regresaba para saludarla.
Cuando la luz se disipó, se encontró de pie ante una ciudad imposible.
Las calles eran ríos de cristal líquido donde los reflejos reemplazaban al agua.
Las casas estaban hechas de recuerdos, sus paredes cambiaban de forma con cada mirada.
Las torres parecían tejidas de sonido; sus campanas no tañían, sino que respiraban.
Y en lo más alto, un cielo inmóvil —sin sol ni luna— mostraba constelaciones que se movían como pensamientos.
—La Ciudad de los Ecos —dijo Kael, a su lado—. Aquí habitan los fragmentos de todas tus vidas.
—¿Y tú también estás aquí? —preguntó ella.
—Solo mientras tú me recuerdes.
Caminaron por una avenida amplia donde los edificios reflejaban escenas del pasado:
un niño corriendo bajo la lluvia, una anciana bordando, una mujer que escribía una carta que nunca enviaría.
Lía comprendió que cada uno de esos rostros era suyo.
Cada historia, un intento diferente de comprender quién era realmente.
El aire estaba lleno de notas suspendidas, como si la música nunca terminara de empezar.
La ciudad parecía respirar con ella.
Cuando sentía paz, los reflejos se volvían claros; cuando el miedo la tocaba, los edificios temblaban y se llenaban de grietas.
Kael la observaba en silencio.
—Esta es la prueba —dijo—. Solo podrás avanzar si puedes mirarte sin huir.
En el centro de la ciudad se alzaba un espejo inmenso, más alto que cualquier torre.
No era de vidrio, sino de agua viva.
Su superficie mostraba algo distinto a la realidad que la rodeaba: un mundo que existía detrás del velo, donde los recuerdos dormían esperando ser liberados.
Lía se acercó.
El espejo comenzó a ondular, y su reflejo cambió.
Ya no era ella quien lo miraba: eran todas las versiones de sí misma.
La niña temerosa, la madre perdida, la anciana cansada, la amante que lloró bajo la tormenta.
Cada una la miraba con ojos llenos de compasión.
—Somos tú —dijeron al unísono—. Somos lo que fuiste y lo que temes volver a ser.
Lía dio un paso atrás, con el corazón acelerado.
—No puedo —susurró—. No quiero volver a sentir todo eso.
El agua se agitó con violencia, y de su interior surgieron sombras: figuras formadas de dolor y deseo, recuerdos deformados que gritaban sin voz.
Kael levantó su mano, y la luz brotó de su palma, manteniendo a las sombras a raya.
—No puedes destruirlas —le dijo—. Solo abrazarlas.
Lía cerró los ojos.
Dejó que las sombras la envolvieran.
Sintió el frío de las pérdidas, el ardor de los errores, el peso de la culpa.
Pero en lugar de resistir, respiró.
Cada emoción, cada fragmento de su historia, comenzó a integrarse en ella como piezas de un mosaico.
Y entonces ocurrió algo imposible:
Las sombras se disolvieron, convirtiéndose en aves de luz.
El espejo se volvió transparente.
Detrás de él, una puerta dorada se abrió lentamente, emitiendo un resplandor cálido, humano.
Kael sonrió.
—Has recordado quién eres.
Lía lo miró, con lágrimas brillando en los ojos.
—No… he recordado quiénes somos.
Ambos cruzaron la puerta.
La ciudad, ahora serena, los despidió con un suspiro.
Las torres se inclinaron como si oraran, y los ríos de cristal fluyeron hacia el horizonte.
Desde el cielo, las constelaciones se reordenaron, formando un símbolo: un círculo abierto, el eco que jamás se extingue.
Al otro lado de la puerta, los esperaba la última frontera.
El lugar donde la memoria se convierte en destino.

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