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La Maldición del Faro de los Susurros

El faro

 Una leyenda de marineros

En una costa olvidada por el tiempo, donde los acantilados se alzan como dientes de piedra y el viento silba con voz de lamento, se erguía un faro.
Dicen los viejos pescadores que aquel faro no alumbraba para guiar, sino para llamar.

Las noches de niebla eran las peores. Desde el mar se oían murmullos, como si el viento hablara en un idioma antiguo, prometiendo tesoros y fortuna a quienes se atrevieran a acercarse. Pero los marineros sabían que nadie que siguiera esas voces regresaba jamás.

Un joven capitán llamado Elias Montoya, deseoso de probar su valor, escuchó aquellas historias en la taberna del puerto.

“Supersticiones de borrachos”, pensó.

Sin embargo, algo en su interior lo empujaba a conocer la verdad.
Zarpó una noche sin luna, con solo el rumor de las olas como compañía.
A medida que su barco se acercaba al faro, el aire se volvió pesado. Las luces del pueblo desaparecieron tras la niebla, y el mar empezó a susurrar su nombre. Elias creyó escuchar promesas de gloria, de una vida eterna entre las olas.

Cuando atracó frente al faro, notó que la linterna estaba apagada. Las puertas de hierro se abrieron solas con un chirrido largo y doliente. Subió los escalones uno a uno, hasta llegar a la cima. 

Allí lo esperaba una figura luminosa, con rostro de mujer y ojos de tormenta.

—Has venido a escucharme —dijo ella—. Ahora me pertenecerás.

Elias intentó retroceder, pero el suelo se abrió bajo sus pies.
El mar rugió, tragándose el faro y al marinero con él.

Desde entonces, los pescadores aseguran que en las noches sin luna se enciende una luz en el horizonte. Y si uno presta atención, entre las olas puede oír una voz que susurra:

“Sigue la luz… y nunca volverás.”

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