🜂 CAPÍTULO IX
El Cruce
El Umbral ya no era una grieta ni un reflejo distante.
Se desplegaba ante ellos como un espejo líquido suspendido en el aire, vibrando con todas las decisiones que habían tomado y las que aún podían tomar.
El suelo bajo sus pies pulsaba con un ritmo sutil, como un corazón que esperaba su consentimiento.
No había instrucciones ni advertencias. Solo la certeza de que algo se perdería y algo más se revelaría al cruzar.
🫧 Lía y el encuentro con el pasado
Lía fue la primera en avanzar.
La luz del Umbral la envolvió como agua tibia, no dolía, pero pesaba con la intensidad de todos sus recuerdos y emociones.
Dentro de la luz, vio a su madre. No como la recordaba, sino como la había olvidado.
Cantaba una canción que Lía nunca aprendió. Cada nota estaba llena de significados que resonaban con su propio corazón.
—Tu nombre no es lo que perdiste —susurró la canción—. Es lo que elegiste recordar.
Lía lloró. No de tristeza, sino de reconocimiento.
Cada lágrima era un fragmento que regresaba, completo, a su lugar.
🧑🦱 Kael y su sombra
Kael cruzó después.
La luz lo abrazó con fuerza. Dentro de ella vio su propia sombra.
No era oscura, sino vacía, reflejando los momentos en que eligió olvidar, las traiciones que cometió y los nombres que dejó atrás.
—Yo me abandoné —susurró.
Y en ese instante comprendió que el perdón no viene de otros. Viene de uno mismo.
🧒 Nara y la entrega
Nara cruzó sin miedo.
La luz la recibió como si ya la conociera.
Vio su muerte futura, no como tragedia, sino como entrega.
Vio a Lía y Kael caminando sin ella, y a sus propios dibujos convirtiéndose en caminos de luz.
—No vine a quedarme —dijo—. Vine a dibujar el cruce.
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Dentro del Umbral, los tres se encontraron.
No como eran, sino como podrían ser.
La espiral de luz giraba lentamente, y en su centro, una figura los observaba.
No tenía rostro, no tenía voz. Era el eco de todos los ecos.
—¿Quién eres? —preguntó Lía.
La figura respondió sin palabras:
"Soy lo que queda cuando todo lo demás se ha ido."
🌘 La noche que abraza
Al salir del Umbral, el mundo era distinto.
No más claro, no más fácil, solo más verdadero.
Las regiones comenzaron a conectarse: los árboles del Bosque de la Voz Rota cantaban nuevas canciones; las Arenas de Velo se volvían fértiles; la Cuna del Eco brillaba con fragmentos nuevos.
Lía, Kael y Nara no eran los mismos, pero recordaban lo que importaba.
Y sobre la tierra, escrito con luz:
"El cruce no transforma. Revela."

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